UN TIPO UNICO YA NO ANDA POR ESTOS LARES

La tarde del 31 de diciembre de 1995 sonó el teléfono. Contesté.

-Habla Christopher Hitchens. Soy un periodista norteamericano y quisiera visitarlos dentro de un rato, dijo.

Bueno, no sonaba como americano. Mi inglés de la niñez en Connecticut me sugería que se trataba de un británico. En fin, no importaba. Me alegraba mucho escuchar una voz amiga. Mi esposo y yo no teníamos una tarde de fiestas en nuestro pequeño apartamento, rodeados por la hostilidad y la vigilancia de los agentes de la policía política. Éramos de las pocas no-personas existentes entonces. Solo por expresar nuestras ideas en 1992, con la esperanza de mejorar la crítica situación política, económica y social existente en Cuba. Nos habían expulsado del trabajo, a mí del Ministerio de Relaciones Exteriores y a él del Banco Nacional. Pronto comenzamos a colaborar en el movimiento de derechos humanos y escribir como periodistas independientes. Catalogados como disidentes, nuestros familiares y amigos temían acercarse a nosotros.

Christopher vino a conversar con nosotros. Mencionó que pretendía escribir al respecto en Vanity Fair. Pasamos un par de horas contándole nuestras dificultades. Al despedirse, nos invitó a desayunar la mañana siguiente en el Hotel Nacional. ¡Sorprendente! Los periodistas extranjeros que se reúnen con disidentes pueden ser acusados de conspiración imperialista y por lo menos depositados en el próximo avión. Bueno, quizás él era muy conocido, y el gobierno no se arriesgaría a un gran escándalo.

Comenzamos 1996 en la suite presidencial del Hotel Nacional, conociendo al papá, la mamá, la esposa y una pequeña hija. Realmente nos conmovió. ¡Toda la familia! Nosotros solo podíamos contar con algunos parientes. El hotel había enviado una cesta de cortesía a los huéspedes, con champán incluido, que él abrió para brindar con nosotros. Yo apenas podía tomar o comer. Hablamos y compartimos nuestras duras experiencias. Imagínense, tan solo entrar en un hotel de lujo y subir por el ascensor, prohibidos para los cubanos, era un acontecimiento. Quizás nuestras costumbres de antiguos diplomáticos y la ausencia de miedo, nos facilitaron caminar como si fuéramos los dueños. No es que fuéramos muy valientes, sino que estábamos concentrados en lo que nos traía al lugar. Nosotros, gente pacífica e indefensa, que solo pretendíamos encontrarnos con amigos. ¿Es muy temprano? ¿Llegamos a la hora fijada? ¿Entendimos bien?

Algún tiempo después, el hermano de Oscar nos llamó para decir que se había sorprendido al ver en el quiosco de la esquina de su casa en Nueva York un ejemplar de Vanity Fair con nuestra foto. Era el trabajo de Christopher sobre nosotros. Compró la revista y unos meses después nos sorprendió su llegada. No estoy segura de recordar bien el año, pues la policía política se la llevó junto a los libros y nuestros trabajos, cuando arrasó nuestro pequeño apartamento en marzo de 2003, y con ellos secuestró a Oscar que se convirtió en uno de los 75 prisioneros de conciencia.

Todos estos años me mantuve en contacto con Christopher a través de emails de vez en cuando. Él nos patentizaba su apoyo y preocupación sobre nosotros y Cuba. Mi esposo, Oscar Espinosa Chepe, y yo estamos muy conmovidos al conocer su fallecimiento el 15 de diciembre, luego de luchar contra un cáncer descubierto a mediados de 2010, pero sin abandonar su intenso trabajo hasta sus últimos días. Hitch era un tipo excepcional: controversial y único.

Miriam Leiva

Periodista independiente

La Habana, 19 de diciembre de 2011

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