REPITO: UN PARTIDO FALLIDO

Si algo destacado tuvo el VI Congreso del Partido Comunista fueron los señalamientos del nuevo Primer Secretario, general Raúl Castro, sobre el errático desenvolvimiento del PCC durante sus casi 50 años de existencia. Con su análisis demostró el fracaso de su pretensión a constituirse en la fuerza dirigente de la sociedad cubana.

Ninguna organización política en el mundo puede auto titularse monopolizadora de la verdad. Mucho menos una que ha sido incapaz hasta de cumplir los principales acuerdos adoptados desde el primer congreso. En cinco décadas, ni siquiera ha podido crear su relevo generacional, quedando en ridículo la consigna de formar el hombre nuevo y demás supercherías.

No menos importante es que a pesar de que desde 1962 viene supuestamente promoviendo la separación de las funciones partidarias y administrativas, pervive la tendencia a la supremacía a todos los niveles de las primeras sobre las segundas, gestándose las condiciones óptimas para el oportunismo, el engaño y la doble moral. El partido ha resultado una verdadera agencia de puestos, designándose los dirigentes administrativos prioritariamente sobre la base de la obediencia política.

El general calificó de vergüenza que hasta este momento haya sido imposible realizar una política de promoción a posiciones decisorias de mujeres, negros, mestizos y jóvenes. Por supuesto, el presidente pudo haber aumentado considerablemente la lista de sus críticas, como la destrucción del tejido empresarial en el país, ejecutada a grados increíbles con la Ofensiva Revolucionaria en 1968, la casi aniquilación de la estructura productiva nacional –incluyendo la industria azucarera, su espina dorsal-, la instauración de un asfixiante clima totalitario que ha ahogado la iniciativa y la creatividad, una penosa dependencia de otros países, la continuada pérdida de valores espirituales y así una interminable lista de colosales arbitrariedades y equivocaciones que han llevado a Cuba al borde del abismo, como el mismo señalara.

Al presidente no puede escapársele que una institución política por sí sola no pudo haber realizado todo ese daño. Las instituciones en cualquier esfera de actividad son dirigidas por seres humanos, responsables de sus actos. En el caso cubano ha sido resultado de decenios de poder absoluto detentado a voluntad por determinadas personas, las cuales son culpables del desastre causado.

Es contradictorio que mientras se develan con severidad las enormes deficiencias del Partido Comunista como organización, se quiera mantenerlo como “fuerza dirigente superior de la sociedad y el estado” y sus militantes como seres ungidos de la verdad absoluta.

Al mantenerse la absurda preeminencia comunista en la sociedad cubana se hace imposible solucionar los gravísimos problemas existentes. Además, resulta incomprensible que personas superlativamente comprometidas con los errores y horrores denunciados, no solo mantuvieran sus cargos, sino ascendieran en el VI Congreso.

Asimismo, se prosigue con el método al máximo nivel del Partido Comunista de ocupar cargos políticos y administrativos por las mismas personas, lo cual impide a todos los niveles deslindar los campos de actuación. Aunque Raúl Castro criticó en el Informe al Congreso la vinculación del desempeño de puestos de dirección administrativa con la militancia del partido, sí aclaró que los funcionarios deben tener “la disposición de reconocer como suyos la política y el programa del partido”, con lo cual ratificó que quien no acepte dócilmente las directivas de la organización, por muy capaz que fuere, no podrá aspirar a dirigir nada en este país, y por tanto quedan intactas las bases para el fomento del arribismo político y la mescolanza entre partido y administración.

La situación es mucho más grave porque la política de subordinación ideológica no se aplica solamente para seleccionar los cargos de dirección. En los sectores donde los trabajadores pueden obtener mejores beneficios y ciertos privilegios, sea turismo, empresas mixtas u otros, está presente la llamada “idoneidad” que exige el apoyo incondicional al régimen, adoptada por las personas en la mayoría de los casos de forma fingida para mejorar sus niveles de vida, con lo cual se ven obligadas a degradarse espiritualmente.

Las críticas del presidente son ciertas, pero como otros diagnósticos carecen de las medidas correctoras urgentemente requeridas. Los pasos dados para combatir los fenómenos expuestos por él son modestos y no garantizan la solución de los problemas. A estas alturas reducir a un máximo de dos períodos de cinco años el desempeño de los cargos políticos y estatales fundamentales resulta insuficiente. El incremento por directiva de las mujeres, negros, mestizos y jóvenes en el Comité Central no tiene significación para una sociedad sumamente estratificada, donde el progreso del ciudadano no depende de su esfuerzo laboral y creatividad, sino de recibir ayuda económica del exterior, tener vínculos políticos, o desempeñarse en actividades ilegales como el mercado negro u otras peores; ocasionándose una sustancial pérdida de valores espirituales y éticos.

Ahora se busca resolver la crónica incapacidad de formar cuadros en la vida civil, mediante el arribo masivo de altos oficiales de las fuerzas armadas. A través de los años en ellas hubo un sentido organizativo mayor, dándosele importancia a la preparación de personal directivo. Ello comporta el riesgo del militarismo, pero podría ayudar, si esas personas comprendieran que, como expresara José Martí en carta a Máximo Gómez: “Un pueblo no se funda, general, como se manda un campamento”; si estos cubanos comprenden el sentido de esas palabras y los tiempos actuales, cuando la liberad, la democracia y el respeto a los derechos humanos no son conceptos vacíos, sino decisivos para el desarrollo de las naciones. Entonces podrían ser de apreciable valor con sus conocimientos y disciplina, en el escenario tan complicado y riesgoso de nuestro país.

La Habana, 27 de abril de 2011

Oscar espinosa Chepe

Economista y periodista independiente

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